La voz del cuerpo



“El cuerpo es el tacto de placer y de dolor en una existencia que ya no los presenta como Una dualidad, sino como una dialéctica sin posibilidad de síntesis. Una lucha eterna de fuerzas Intentando penetrarse y superarse sin otro sentido más que sentirse. El cuerpo es el tocar el dolor Y el placer sin distinción. Los cuerpos expuestos tocan y son tocados, se tocan constantemente, Incluso si estuvieran en el absoluto vacío, pues la nada es cuerpo también. Ex-istir consiste en Ser-límite-expuesto-al-tacto-del-mundo. El dolor o el placer no como una búsqueda en sí misma –No un significante–. Tocar es placer, tocar es dolor”… Nietzsche.

A lo largo de nuestras vidas los seres humanos nos vemos obligados a vivir diversas experiencias de dolor -como perdidas, separaciones, sufrimiento, frustraciones, fracasos, etc.- que, si no construimos mecanismos para enfrentarlos, el dolor, tanto psíquico como físico, se volvería insostenible. Así, a partir de la creación de una organización psíquica nos vamos predisponiendo para poder relacionarnos con las heridas que estas experiencias nos dejan, posibilitándonos a enfrentar los dolores que vamos padeciendo. De esta manera, el ser humano, desde su nacimiento, va adaptándose a sus contextos y vivencias construyendo resoluciones eficientes para las conflictivas opuestas de la vida instintiva y las exigencias de la realidad. Desde ahí se van formando patrones conductuales que van preservando las soluciones que han ido hallando, logrando una estructura psíquica con una lógica de funcionamiento específica. Siendo un proceso creativo que nos entrega nuestra identidad singular. A la larga, esto es un elemento esencial de protección contra la desorganización psíquica y también contra su destrucción biológica, entendiendo el hecho de que la psiquis y cuerpo están estrechamente relacionados, pero son de índole diferente. El psicosoma funciona como una entidad.

No cabe duda de que todo hecho psíquico tiene efectos en el cuerpo fisiológico, así como todo hecho somático repercute en la mente, aunque estos efectos y repercusiones no sean registrados de forma consciente. Esta entidad psicosomática se va formando en la medida que, a través de la palabra de la madre, el niño va identificando las zonas de su cuerpo, y al mismo tiempo, se le va transmitiendo el espacio imaginario que estas zonas vAn a ocupar y la naturaleza de la relación “zona-objeto complementario” (boca-pecho por ejemplo). Además, es la vivencia afectiva de la madre que en relación con el cuerpo del niño (caricias, proximidad) se reflejará en la experiencia emocional que el niño, y luego adulto irá anudando a su propio cuerpo (McDougall, 1978). De esta manera el niño deberá hacer uso de su capacidad heredada filogenéticamente para simbolizar. Sin embargo, pareciera que esta entidad psicosomática no funcionara como tal para todos.

Evidentemente sin cuerpo no hay psique, y nadie pondrá en duda, por lo menos en la perspectiva del psicoanálisis, que los procesos psíquicos se originan y evolucionan a partir de procesos biológicos. El cuerpo se vuelve un lugar de goce, siendo goce el máximo de tensión, el máximo gasto, el máximo de existencia; goce es dolor y desgaste. Ese es el cuerpo que tenemos que ver en el análisis: uno que nos aparece como que si fuera y no fuera nuestro. Sí lo es en la medida en que el otro está en frente y remite hacia nuestra imagen. Pero no lo es donde goza: allí es totalmente exterior y ajeno para nosotros (Nasio, 1996).

Comúnmente lidiamos con personas que padecen graves enfermedades y viven su enfermedad como si sólo fuese el cuerpo el que está enfermo, como si cuerpo y psique fuesen dos entidades por separado que no se topan en ningún punto. La enfermedad podría ser una creación de esta entidad no representada. Es aquí donde radica la relevancia de la capacidad de simbolización y de creación psíquica al momento de pensar y comprender las enfermedades psicosomáticas.

Pareciera que los pacientes psicosomáticos comparten ciertos rasgos de personalidad: coinciden en una sobreadaptación a la realidad, a las presiones internas y externas a las que se ven enfrentados. Es una pseudo normalidad que forma un rasgo muy común y que puede constituir una señal de riesgo de aparición de síntomas psicosomáticos. Por otra parte, en estos pacientes parece haber un quiebre del funcionamiento simbólico, donde se ve cierta tendencia a ahogar o anular su afectividad, y no a simbolizarla. En otras palabras, muchos de estos pacientes comparten un rasgo de carácter que consiste en una negativa a permitirse el dolor psíquico, la angustia o la depresión, dando la impresión de un control emocional sobrehumano (McDougall, 1978). Lo anterior podría estar ligado a un ideal del yo patológico que niega toda necesidad y dependencia. En los pacientes psicosomáticos, la representación del cuerpo y la captación de los representantes pulsionales afectivos están relacionados con los procesos psicobiológicos de naturaleza primitiva y pre verbal, que no han logrado transformarse en procesos auténticamente simbólicos, capaces de realizarse en representaciones físicas. Es por esto que la mente y sus producciones, como sus estados afectivos, quedan en segundo plano, o más bien des-simbolizados, poniendo al cuerpo como representante fundamental en la expresión o manifestación psíquica (McDougall, 1978). Lo anterior constituye un mecanismo psicosomático, un funcionamiento psíquico específico que podría predisponer al individuo a creaciones psicosomáticas ante situaciones de conflicto. Este mecanismo implica un empobrecimiento de la capacidad de simbolizar el conflicto con la realidad, evadiendo a la psique y afectando directamente al soma, al cuerpo, pudiendo tener resultados catastróficos.

Ejemplificándolo con los sujetos que viven la experiencia de cáncer, ellos sufren de intenso dolor corporal general y de agotamiento extremo que no cesa con el descanso. Estos síntomas se incrementan durante el tratamiento y, a la larga, lo van inhabilitando en los diferentes ámbitos de su vida. Además, estos sujetos se enfrentan con la muerte de frente, viviendo día a día invadidos por profundos sentimientos de temor y angustia, lidiando con la disyuntiva de luchar por la vida o dejarse morir: desde el diagnóstico, el sentido de vida ha cambiado casi por completo. El sujeto con cáncer vive su enfermedad como “un bichito que lo tocó y que no para de hacer de las suyas”, como algo azaroso, como algo exterior que lo ataca.

El diagnóstico marca un antes y un después, y el sujeto es incapaz integrarlos, es incapaz de ver que es parte en su enfermedad y de representar ese después en relación a ese antes. El sujeto psicosomático dice algo sin saber que lo dice y sin saber lo que dice. El sujeto es su propia somatización sin representación. Es cuando los pacientes muestran poca fantasía espontánea, poca simbolización en relación a sus aflicciones somáticas o a cualquier otro aspecto de sus vidas donde el terapeuta debe prestar cauteloso oído.

Estas creaciones psicosomáticas son las más misteriosas y las menos apropiadas para el deseo general de vivir, ya que la tendencia del psiquismo es coexistente con la vida misma. En general los procesos psíquicos que crean y mantienen la salud psíquica, así como las responsables de mantener la enfermedad psíquica, están al lado de la vida. Sin embargo, de las creaciones psicosomáticas puede sobrevenir una muerte psíquica que hace posible que se corra peligro de muerte biológica cuando desfallece o se interrumpe la creación psíquica, ya que si por algún motivo no logramos crear alguna forma de manejo mental para hacer frente al dolor psíquico, quizá se instauren estos procesos psicosomáticos, declarándose muchas veces cuando estos ya no funcionan. Esta relación especial con la realidad, se refleja además en el contacto que mantiene con los otros, viviéndolo de manera impersonal y excesivamente objetiva. En general no establecen ninguna relación con algún acontecimiento de naturaleza emocional propia que lo haga poder valorar de manera afectiva a un otro, retrayéndose, limitando el sentido emocional que da la relación, por lo que evita exponerse a un otro en confianza, espontaneidad y comodidad, dificultando el contacto real. Además, por su funcionamiento psíquico, el sujeto pierde interés por el pasado y por el futuro, lo que a su vez hace que se difuminé el continuo de sus relaciones interpersonales, no logrando ver con ello la construcción y el trabajo que se ha ido dando en ellas, por lo que lo fáctico y lo actual se impone ante él y sus relaciones, observando un mantenimiento superficial en estas (McDougall, 1978).

Este mismo funcionamiento se representa en terapia, donde la relación terapeuta y paciente se vuelve angustiante, ya que en el encuentro se presenta un vacío afectivo donde no se descubre nada, estos pacientes ven en el psicólogo a alguien a quien sólo le deben relatar lo que les pasa y del que esperan que los cure, de modo que el paciente está presente pero distante. El paciente sitúa su cuerpo enfermo como límite, siendo este, tratado como objeto, el que se pone en relación (Nasio, 1996). Por este motivo, al inicio del tratamiento con estos pacientes, se hace fundamental aclarar el reconocimiento del cuerpo enfermo, siendo en sí mismo un proceso. Es evidente que toda patología somática reconocida por el sujeto implica que su yo reconozca el propio cuerpo como suyo. La enfermedad psicosomática puede desempeñar aquí el papel de un hecho traumatizante, tal como podría desempeñarlo cualquier accidente corporal que permitiera al sujeto integrar diferentemente su cuerpo, sus límites y su funcionamiento biológico. Su enfermedad psicosomática podría adquirir diferentes significados, pero sólo como pos efecto o hacia elementos de desahogo y reparación, pero no como factor causal (McDougall, 1978).

En estos casos no hay nada que se articule comprensivamente. Esta es la causa de la gran dificultad de esta enfermedad, ya que el paciente dice: “Tengo cáncer, es algo que está completamente fuera de mí”, excluyendo inmediatamente alguna elaboración tentativa a su propia comprensión, donde ni el paciente ni el terapeuta saben qué decir. Desde esta perspectiva, para aportar a la cura, sería necesario que el sujeto viviera un “yo soy”, una convicción, una certeza de ser. El sujeto de la somatización es un “yo soy la somatización”. El reconocer el “yo soy”, abre la posibilidad de parir- se, engendrar y crear algo nuevo; es algo productivo que avanza y deja huella. En otras palabras, dejar de vivir la enfermedad como algo azaroso y ajeno al sujeto y comenzar a vivirla como parte de sí mismo, como una formación inconsciente, abre la posibilidad de reelaborar la experiencia de enfermedad para verla ahora como una enseñanza y una oportunidad de aprendizaje y de posicionarse de una manera nueva. El sujeto aprende: la experiencia lo sorprende y le enseña algo nuevo (Nasio, 1996).

Es por esto que el proceso psicoterapéutico se vuelve muy dificultoso, ya que los objetivos que se pretenden obtener al momento de realizar una terapia con este tipo de pacientes son opuestos a su lógica de funcionamiento mental, siendo con ello una tarea doblemente difícil, principalmente porque hay que apuntar a explorar las capacidades que se exponen en el procesos creativo, favoreciendo e incentivando las buenas adaptaciones a las limitaciones del movimiento que provoca su enfermedad, viendo su enfermedad como resistencia, pero al mismo tiempo visibilizándola como generadora de cambio. Por lo que hay que dejar libremente a que el paciente comience abrir su propio camino al redescubrimiento del sí mismo, desde sus propios dolores físicos, reconociéndose su yo enfermo, favoreciendo todas las condiciones para una mejoría en la comunicación consigo mismo. Como además de suministrar un espacio seguro y agradable dentro de la familia donde pueda expresar y compartir temas que suelen ser difíciles de articular y de afrontar (como han sido los dolores, las perdidas, la muerte, y la dependencia), y favorecer así la elaboración y la aceptación de su propia enfermedad. Al final la verdad del sujeto es su exterioridad y su excesividad. Su exposición infinita, el cuerpo volcado hacia afuera.

Bibliografía -NASIO, Juan David. (1996) Los gritos del cuerpo. Editorial Paidós. Colección Psicología Profunda, Buenos Aires. -MCDOUGALL, J. (1978): Alegato por una Cierta Anormalidad (1996), Buenos Aires, Paidós.

Camila Figueroa, Javiera Rojas
Psicólogas

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