Escuchar a las madres



El autor del siguiente texto, nos invita a pensar y reflexionar acerca del sufrimiento de las madres respecto a sus propias vivencias y como esto influye de algún modo en la dificultad que tienen al momento de ejercer sus roles y funciones con hijos que han sido víctimas de agresiones sexuales, donde la mayoría de los casos se encuentran marcados por un contexto de vulneración transgeneracional, donde muchas de las madres han vivido en su infancia distintos episodios traumáticos que les ha generado un sufrimiento infantil y que tienden a repetirlo en la relación y en las dinámicas que establecen con sus hijos y que dicho sufrimiento reaparece en las propias vivencias que los hijos van experimentando.

A partir de esto, el autor plantea la posibilidad de que el espacio terapéutico, sea un espacio de escucha para éstas madres que están llenas de interrogantes y cuestionamiento. En este sentido, una herramienta de trabajo en el espacio terapéutico sería poder historizar la vida de éstas madres, los que les permite a la vez sentirse escuchadas en su dolor y en los que les ha tocado vivir, y mediante este proceso puedan visualizar y diferenciar su propio sufrimiento respecto del sufrimiento de sus hijos y reflexionar acerca de los cuidados y del rol materno que ejercen en sus hijos.

I.
La siguiente es una reflexión que se constituye a partir del encuentro, y posterior trabajo, con algunas madres de niños que han sido víctimas de agresiones sexuales. Encuentro inesperado con el dolor psíquico de otro que sufre por la culpa, la incapacidad o la injusticia. Encuentro con un sufrimiento que toma forma de devastación al constatar que no se han podido desempeñar las funciones de protección y cuidado del niño, cuestión que hace tambalear el rol y la identificación con lo materno. Encuentro con la incertidumbre en relación a las secuelas que podría tener la experiencia traumática en el niño y a la capacidad para volver a ejercer la función materna orientada a resguardar y proteger al niño ante eventuales situaciones de peligro. Encuentro con preguntas: ¿Por qué no fui capaz de darme cuenta antes? ¿Por qué le pasó a mi hijo? ¿Lo estoy haciendo bien? ¿Mi hijo volverá a ser el mismo de antes? Y encuentro con afirmaciones: por mi culpa paso todo esto, que tonta fui, mi hijo no confía en mi, etc.
Es a partir de este contexto que me interesa preguntarme por el estatuto que tiene en la clínica el sufrimiento de estas mujeres y así pensar en la posibilidad de sostener un dispositivo de trabajo en donde la escucha se ofrezca como un lugar que permita el depósito y metabolización de aquello que se desborda, sobrepasa o simplemente no encuentra un lugar donde ser pensando a partir del vínculo con otro.

II.
El rol de las madres en casos de abuso sexual intrafamiliar ha estado caracterizado principalmente en función de sus implicancias directas o indirectas respecto a la situación de abuso. Dependencia, pasividad y ausencia son los adjetivos con los que se suele signar a estas mujeres que terminan por quedar ubicadas en la posición de testigo o cómplice, sobre todo en aquellos casos donde la dependencia emocional, en relación al agresor, las subordina a al lazo conyugal impidiéndoles así tomar una posición activa que permita la protección de sus hijos o hijas. La negación de los hechos suele ser el mecanismo que opera en estos casos como la vía para configurar un “no saber” entorno a la situación de vulneración. Todos estos aspectos terminan por ser determinantes al momento de la revelación que hace la niña o el niño, por cuanto sabemos que la reacción de la madre, positiva o negativa, tiene incidencias significativas en los procesos de recuperación de los niños.
La literatura señala además que todas las características y dinámicas anteriormente descritas obedecen a que muchas de estas madres han tenido en sus propias historias experiencias de abandono, maltrato o abuso no elaboradas generando así la repetición de un sufrimiento infantil que en su actualización no repara, sino que más bien reaparece involucrando a sus hijos. Todos estos aspectos no sólo dan cuenta de la complejidad de las dinámicas entre madres e hijos, sino que también son la expresión de un traumatismo asociado a una vulneración transgeneracional que no ha sido elaborada en el pasado.
En este punto, me parece que es posible afirmar entonces que uno de los aspectos que en estos casos aparece más dañado es el rol materno, no solo asociado a la capacidad o incapacidad para cuidar y proteger a otro, sino que también en su función para constituir un espacio psíquico que le permita al niño depositar y elaborar sus experiencias en un entramado transgeneracional.
En los cuestionamientos que las madres reciben de otros o hacen de ellas mismas es posible observar la descalificación de su lugar de madres que encuentra escasos soportes en la familia y el sistema judicial. No solo se instala un cuestionamiento a su rol y sus capacidades para cuidar y proteger, sino que también emergen dificultades para pensar y diferenciar su experiencia de la experiencia del niño. Esta situación se traduce muchas veces en la incomprensión del sufrimiento del niño y en numerosas quejas relacionadas a los cambios de conducta y a los desgastadores proceso judiciales.
Considerar los elementos anteriormente descritos puede resultar determinante para el ejercicio clínico en casos de abuso sexual infantil, ya que, si consideramos que finalmente serán esas madres quienes seguirán cuidando a sus hijos, la posibilidad de elaborar esa historia puede ser una importante oportunidad para reconstruir o restituir algo de lo materno a propósito del restablecimiento del vínculo con el niño. Conformar una instancia de trabajo que permita el paso de la queja a una pregunta sobre su hijo es de alguna forma una vía para volver a identificarse con el lugar de madre que interroga y construye un saber sobre el niño y su situación.

III.
Inicialmente se puede poner como desafío el situar el dispositivo de trabajo con las madres en dos ejes: uno temporal y otro espacial. Dicho así, se requiere de un trabajo de “historización” y, al mismo tiempo, de elaboración psíquica en un espacio subjetivo, es decir, en un lecho o continente psíquico. Envoltura capaz de contener los contenidos mentales que expresan el daño sufrido por la madre a través del tiempo y que se actualizan a propósito de la situación del niño.
Se trata entonces de dos clases de trabajos: uno que se podría denominar de historización y otro de cobertura -continente psíquico y metabolización. En la primera labor lo que se busca es que la madre pueda situarse en relación al tiempo, a su biografía y a su propia historia, en el segundo, que pueda situarse en un espacio determinado, es decir en un vínculo afectivo capaz de elaborar sus propias vulneraciones.
Expondré por razones simplemente de claridad lo que entiendo por historización y envoltura-metabolización en forma separada aún cuando estas dos coordenadas del dispositivo no pueden dividirse en la intervención misma.
Es decir, ambos trabajos se requieren el uno al otro.
Me parece que uno de los primeros aspectos a considerar es el establecimiento de un espacio que pueda darle un lugar al sujeto y su sufrimiento, esto quiere decir, en particular, que se busca que la madre pueda resentir y experimentar la posibilidad de que exista otro que pueda brindar el espacio psíquico para depositar sus contenidos mentales. Implica una labor de contención y sostén puesto que muchas veces la situación de abuso sexual del niño reabre en la madre recuerdos y angustias de sus propias experiencias de vulneración.
En estas circunstancias se es muchas veces el continente de una experiencia fragmentada (de la madre y de la situación del niño), y es esencial ofrecer una instancia que pueda reordenar aquello que por la angustia aparece discontinuo, confuso y que simplemente no puede ser pensando. Al respecto pienso en aquellas madres que con el solo hecho de contar con un espacio donde depositar sus angustias pueden comenzar a pensar con mayor claridad la situación del niño y sus implicancias en esa situación.
Por otra parte, y como había sido anunciado, el trabajo con las madres está en íntima conexión con un trabajo de historización. Esta labor sólo puede ser llevada a cabo mientras exista un continente afectivo que sostenga y porte dicha historia. De ahí la relevancia que adquiere la función de continente descrita anteriormente.
La historización tiene que ver con la operación que realiza principalmente la labor analítica y que consiste en situar las distintas formaciones del inconsciente en una trama vital en la cual adquieren su sentido y estabilidad, con ello se comprende retrospectivamente el resultado actual de los procesos psíquicos comprometidos en el centro del interés del paciente. La historización también adquiere un matiz ético y político puesto que busca situar la producción sintomática en una matriz o un marco de condiciones de posibilidad y que por ello pueden dar la oportunidad al sujeto de rememorar antes que repetir las conductas y sentimientos pasados. La comprensión psicoanalítica en este punto es clara puesto que enseña que todo aquello que no puede ser simbolizado, en este caso, situado en el tiempo, se repite como acto y retorna en la vida cotidiana.
Desde esta perspectiva, envoltura e historización pueden ser ejes para pensar en un dispositivo que establezca un trabajo con las madres más allá de sus capacidades de cuidado y protección, sino que a su vez permita el reconocimiento y la reivindicación de un sufrimiento que es particular y sobre el cual no ha existido hasta ese momento “otra” escucha.

Alternativas de Atención

  • Psicoterapia individual a adultas/os, adolescentes, niñas y niños
  • Atención Psiquiátrica
  • Terapia Familiar
  • Terapia de Pareja
  • Terapia de Grupo
  • Psicoterapia Reparatoria a personas víctimas de violencia
  • Terapia de Revinculación
  • Psicoterapia a Hombres que ejercen violencia
  • Pericias Psicológicas forenses
  • Evaluación de Habilidades Parentales
  • Psicodiagnóstico
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