El derecho a gozar de un cuerpo que no fue hecho a imagen y semejanza



Ser mujer es otra cosa que una marca anatómica. Ser mujer se trata de cómo se produce una persona desde un determinado cuerpo, en una determinada cultura. La criatura humana al nacer es inmadura. No está capacitada para sobrevivir. Tiene que ser tratada, atendida por alguien para convertirse en persona. Ese alguien es parte de la misma cultura que la criatura humana, y mientras lo cría, le transmite cultura, de manera explícita y sobre todo implícita. Algo tan natural como el cuerpo humano se forma, se define, se erogeniza, se nombra, desde este vínculo primario fundamental. Cuando alguien viste, alimenta, lava, trata un cuerpo, lo forma. Tapa lo que se tapa, toca lo que se toca. Así se forma un cuerpo. Escribe y traza sobre ese cuerpo, y lo nombra. Esa carne se transforma en cuerpo. Y pasa algo fundamental, ese cuerpo es sexuado. Desde y sobre una marca anatómica se escribe un género, y esa escritura es fundamental. Se transforma en una certeza, en una certeza que se funda en una dicotomía. Una dicotomía que se establece sobre una marca anatómica visible. Se es hombre o se es mujer. Uno de los problemas es que al estar inmersos en la cultura y en el lenguaje, es decir, al depender de un ordenamiento simbólico, ese ser ya no se define por una naturaleza o una escencia, sino que el ser está mediado por el lenguaje. Ser hombre y ser mujer entonces será una cuestión de lenguaje.

Y por ser una cuestión de lenguaje es también una cuestión de ideales. Ese es uno de los ejes del malestar psicológico: la distancia entre esa definición ideal del género y las posibilidades de identificarse con ese ideal. Por eso el género tiene que ver con la salud mental, porque la identidad de género es fundante, estricta y al mismo tiempo ilusoria.

Hay rasgos que sentencian lo que es hombre y lo que es ser mujer. Rasgos que alienan al sujeto, que lo vuelven dependiente del orden simbólico, que lo neurotizan. Rasgos que dependen del Otro, de ese Otro que tiene el poder de nombrar al sujeto, de reconocerlo. De reconocerlo como hombre o como mujer. Los estereotipos de género promueven que las personas simbolicen, elaboren y expresen sus experiencias de diferente manera si pertenecen a un género o al otro. Las experiencias ligadas al cuerpo y a la esfera afectiva se tramitan de diferente manera de acuerdo al género de quien las vive. La salud mental, que tiene que ver con cómo elaboramos estas experiencias, se relaciona entonces con el género. Como ejemplo de lo anterior se encuentra el fenómeno de los trastornos de somatización.

Investigaciones muestran que los trastornos de somatización se caracterizan por síntomas somáticos inexplicables adecuadamente en base a alteraciones físicas o de laboratorio. Generalmente comienzan antes de los treinta años y se caracterizan por una combinación de síntomas dolorosos, gastrointestinales, sexuales y pseudo neurológicos. Los estudios epidemiológicos fijan la prevalencia de este trastorno en un 0,5% de la población general. Lo que es interesante es que se muestra un notable predominio femenino: 5 a 20 veces más mujeres que hombres la presentan. Es interesante también, como problema del sector salud, que las consultas de médicos generales o de nivel primario de atención, alrededor del 10% de dichas consultas son por este tipo de trastornos.

¿Qué le pasa al cuerpo femenino que se afecta más por variables psicológicas que el cuerpo masculino? ¿Por qué es más utilizado ese cuerpo femenino para manifestar el malestar psicológico? ¿Qué le pasa a la mujer con la palabra, con el uso de la palabra que opta por tramitar su malestar a través del cuerpo? Estas son interpretaciones posibles para este fenómeno clínico.

Un cuerpo complejo en nuestra sociedad, y en el ámbito científico, desconocido a veces. Desconocido por la ciencia, y por las propias mujeres. Un cuerpo dejado de lado en nuestra cultura, donde es prioridad sólo si se trata de un cuerpo-cáscara estético ofrecido a la mirada del otro, y de las otras; o si se trata de un cuerpo maternante. La salud mental tiene que ver con el cuerpo porque el cuerpo es el espacio y la materia sobre la cual, y con la cual, el ser humano accede a la experiencia. El cuerpo se alegra, se angustia, se aprieta; el cuerpo duele, tiembla, y desde ese sentir, la experiencia se transforma en lenguaje, en palabra, en experiencia hablada, humana, cognoscible y transmisible.

¿Cómo está el cuerpo femenino hoy en Chile? Enfermo, maltratado, asesinado. El femicidio no cede, y la violencia hacia la mujer es un problema de salud pública. Cuerpo que puede ser maltratado por otro, y eso se permite: lo permite la mujer, lo permite el hombre, lo permiten los terceros que participan de manera silenciosa y cómplice del maltrato, lo permiten los representantes de la ley, los otros, los pares y los ideales. Para una mujer maltratada en la infancia, alguien, ese Otro fundamental, lo permitió en la época de extrema dependencia, y entonces se sigue permitiendo en la edad adulta.

Lo desconocido del cuerpo, ese interior, erógeno y maternante, se vuelve a veces por su carácter enigmático en comparación con el cuerpo masculino, en un escenario oscuro, prohibido, amenazante, censurado. Se convierte entonces en un lugar al que enviamos nuestros temores, ansiedades, angustias. ¿Cómo devolverle cotidianamente al cuerpo su capacidad erógena, su potencialidad de ser fuente de placer, de descanso y de vida? ¿Cómo devolverle a la mujer la responsabilidad y el derecho de hacer de su cuerpo un campo para el autoconocimiento; para encontrar en él y junto a él el eco de sus sueños, de sus sentimientos y afectos?

Mariana Fagalde Cuevas
Psicóloga Clínica

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